Gotas de sudor ajeno embriagaban sus noches, no podía cerrar los ojos sin la crispación del placer suspirando en los oídos. El deseo sólo se constituía después de sentir el instante revelador: la sensualidad era la perfección del momento. Ninguna idea es más inmutable, eterna, verdadera y perfecta que un orgasmo. Lo averiguó de la mejor manera, en el despojo pasional en que la existencia se amalgama junto a la experiencia, no eran "seres-para-sí" ni "seres-para-otro", eran el desgarro ultrajado de girones de ellos mismos.
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