domingo, 27 de mayo de 2012

El amor en tiempos constitucionales

Transitaba erguido e inmutable como de costumbre, en su cabeza  rondaban pensamientos de acuerdo a lo sucedido en el día, cómo esos pequeños negros habían podido faltarle el respeto, lo mínimo que merecía su padre era el desalojo inmediato y el descuento de la mitad de su salario, ya cuando ellos crecieran, las seguirían pagando. A veces, no entendía porqué a su General Capitán le importaba tanto la educación, o porqué tenía algo de contemplación con esos salvajes. Lo cierto era, que le hubiese gustado matar a esos desgraciados. Pero antes que a los salvajes, quería a la cabeza de Mitre sobre el escritorio de su aposento. En fin, eso ahora ya no le molestaba porque detrás de aquellas reflexiones sangrientas y descorazonadas había una veta de esperanza que reflejaba a su alma su hermosa mujer que lo esperaba, que siempre lo haría. Sus cabellos castaños, sus ondas, sus vestidos adornador y sus accesorios. No podría haber sido más perfecta, era la vida y la razón de vivir; todo ello y mucho más. La amaba tantísimo. Los años no alcanzaban para entregarle su corazón. Hombre de una, la que construía a todas en un corazón, lo había salvado de la soledad absoluta y del purgamiento eterno sólo con sus ojos marrones fijos en el, forjaba sus latidos más abruptos.
 Ella, del otro lado, lo esperaba complacientemente, esperando al General de sus días, al amor de su vida, al único hombre que estaría capacitada a amar en setenta y tres años, en los años de vida que alcanzaría. La enterraron vestida de novia, blanco pureza, blanco espíritu, blanco amor. Era justamente eso lo que la había matado, la espera. Porque ya todo había pasado, los negros habían crecido, les habían descontado el salario, el General no había vuelto: y eso la ha matado, eso los ha matado.
 Con sus pensamientos veloces y sus franjas de esperanzas, galopaba cada vez mas fuerte, sólo quería terminar la batalla, verla, besarla, sentirla, acariciarla, hacerla de él. Seguía el sentimiento y la otra apareció. Estaba en apuros "desgraciada" pensó, y la corrió de su puesto; se puso en el lugar de la otra, una espada lo atravesó.
 Un punzón intenso recorrió su cuerpo, se sintió morir. ¿Qué pasa?. Empezó su tiempo de espera. Setenta y tres años, un ataúd y un vestido; éso es amor.

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