domingo, 6 de mayo de 2012

Tan viejo, como la injusticia

Estaban sentados en el salón real. El rey permanecía inmutable en su trono, con un aire nostálgico que lo acompañaba tan hondamente desde que la reina Ámbar había fallecido doce años atrás. Los años pasaban como latigazos, no alcanzaba  a imaginar como podría resultar cierto mandato y al mismo tiempo el pueblo adolorido se quejaba por otra disposición que robaría el pan de la boca de sus hijos para sumar tres monedas a los sátrapas  que insensiblemente pedían no sólo los impuestos, si no también, dinero extra para su bienestar. Todavía en el pueblo se acordaban de la última disposición real "una suba de impuestos, pero sólo para los nos plebeyos, puesto que no han querido abonar su demanda oficial". César había tenido que cultivar arroz con las monedas que tenía para comprar un paquete de arroz, ya que la última disposición lo dejaba con la mitad del dinero que contaba y sabía que cuando se adelantara a cobrarle el sátrapa, lo haría con el valor más elevado sin ninguna explicación convincente, pero amenazando con llevarse a su hija mayor, Estefanía,  de tan sólo trece años. La vida era dura, y el rey también. César siempre recordaba los antiguos tiempos, hasta pocos años después de la muerte de la trivial reina Ámbar, nunca había entendido cómo un rey tan sensible, cariñoso y justo había podido enamorarse de una arpía de su clase; aún así, el rey siempre había sido muy benévolo y respetable. En los viejos tiempos, el rey solía defender los intereses del pueblo sobre los marqueses y dejar conformes a ambos bandos (era demasiado capaz), pero ahora, parecía otra persona, totalmente distinta. Después de cinco años de la muerte de la reina, la vida se había tornado cruda y difícil. A gatas tenía salario para alimentar a su familia, y ahora, tendría que desistir un poco a su trabajo para encargarse de la nueva huerta, y sabía que ésto significaba aún menos dinero.
 El rey sonrió, estaba llanamente feliz. Aunque la muerte de su esposa lo acongojaba, lo exaltaba y enorgullecía ver a su pueblo feliz, ahora, era lo único que le quedaba se dijo, y un mes después de la desgracia volvió a ser el mismo hombre honorable y hasta mejor todavía. En el pueblo, la noticia resonó como si el reino entero se hubiera separado y vuelto a encontrar luego de una semana, los chusmeríos iban y venían, pero al cabo de un tiempo todo se normalizó y al ver que seguirían con las políticas establecidas en un comienzo, se regocijaron.
 Marcos había observado este panorama tan maliciosamente que le resultaba exquisito el pensamiento de su siniestro plan una y otra vez. Ya lo había planeado todo, entregaría la carta en nombre de su lujuriosa amante, y el rey estúpidamente enamorado le haría caso ciegamente a las últimas intenciones de su querida reina Ámbar. Al fin, eso es lo que realmente ella hubiese querido, que Marcos gobierne a su lado, eternamente. Lástima que a Marcos sólo le servía para escribir dicha carta, y una vez esto hecho con diversos embustes, ya no era de su utilidad. La muerte le daría la verosimilitud necesaria y su "confianza real" con Marcos, el sello final.
 Los impuestos subían desquiciados, y César no llegó a fin de mes, a César le robaron a su hija, y nunca volvió a ser el mismo.





Reflexión : Se dan cuenta, de que por pequeñeces que pretenden ser problemas de la oligarquía , siempre pagan las consecuencias vidas inocentes?. Cosas insignificantes se convierten en muertes feroces e inhumanas, todo pasa por alto. Regla máxima impunidad.


"La humanidad sólo va a merecer su nombre cuando deje de explotar al hombre por el hombre" Julio Cortázar.

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