miércoles, 20 de enero de 2016

Breve historia del radicalismo, sujeto a cambios.

Había una vez un país colonial, luego hubo un gobierno popular que se tornó, finalmente en contra del obrero trabajador. El partido popular, nuevamente, se llenó de oligarcas. Se fraccionó, se dobló y cuando casi se rompía surgieron unos patriotas identificados con los primeros principios de ese partido que fue lejanamente popular. Estos patriotas, al encontrarse sin representación dentro del espacio al que decían pertenecer, se alinearon como precursores del nuevo partido justicialista que empezaba a asomar banderas de lucha por la igualdad del humano. Los otros que habían quedado dentro del antiguo partido político y habían asentido a que el mismo se rompa doblándose, siempre fueron adelante radicalmente, y esta vez el precio tampoco importó, el primer partido popular fue en contra del pueblo. Así, en cada ocasión, intentaron defenestrar al neófito partido, cada vez más desentendidos de lo que habían sido alguna vez. No obstante esta situación penosa, todavía algunos dentro del retrocedido avance radical, pensaban en purgar su partido de tales tratos (incluso un gran presidente argentino de su partido sintió tristeza al ser electo proscribiendo al justicialismo que representaba a la mitad del país), intentaron volver a la representatividad honesta: pero ya era muy tarde, estaban completamente infestados. Ni hablar de las calumnias que le hicieron al piso argentino, cubriéndolo de sangre derramada: su corazón se hinchó en un olvido atroz. Y así pasaron los peores años de este país y no tan peores para este melancólico partido político. Todos pensaron que no había más esperanzas para ambos. Entonces, desde las profundidades olvidadas del primer gobierno popular argentino y la dignidad de los primeros soplos de reconstruccion radical y partidaria, llegó la esperanza y la luz: volvieron a fundar el país, nos trajeron al padre de la democracia argentina. Tal vez por el afán indignante, los justicialistas no querían creerlo, porque habían olvidado un poco la gran enseñanza del primer trabajador, quien siempre repetía a la Patria como primer lugar entre todas las cosas. En fin, las mismas oscuras fuerzas que se habían llevado a sus antecesores (tal vez un chiste de opinión pública, un noticiero, un golpe de estado económico, una novela al mediodía), un poco después y aún en el pasado, se lo llevaban a el. Lo curioso es que después de haber restablecido el país, el pueblo aún le debía reconocimiento (sin negar lo contraproducentes que fueron todas las instituciones para con la difícil tarea de bregar, una vez más, por la igualdad y el amor). Siguieron, al mando argentino, los peores representantes coloniales que podría haber sangrado esta Patria. Hasta que uno de ellos se atrevió a usar como representación aquel partido que había reestructurado la democracia con apoyo del avejentado hombre que había hecho triunfar la hora sin sombra del nostálgico país. Una vez más, la traición se hizo carne del radicalismo, dejando en bancarrota las esperanzas y la economía argentina que huyeron en un helicóptero trayendo la miseria occidental al país justicialista. El tiempo bélico recomenzó esta vez sin armas del pueblo, un terrorismo de estado que se servía de los grandes mercados oligopolicos y la muerte de los desafortunados. Entonces, ya cansados de tanto dolor patrio, los argentinos no creían en nada. Las dos fuerzas que alguna vez mejor supieron representarlos estaban agonizando, casi despedazados en el cipayismo y la tiranía. Cuando los entumecidos argentinos emitieron sufragio no esperaban recobrar los sueños, pero lo hicieron. El nuevo gobierno vino del justicialismo doctrinario comprometido con la lucha patria y la grandeza de la Nación. Tuvo la grandeza de pedir disculpas al estado, al pueblo, por las injurias cometidas y de agradecer honoríficamente al padre de la democracia poco antes de que se lo lleve la parca. Pero esto no bastó: ya se habían roto, de tanto doblarse. Aquel ser patrio, antes de encomendarse a la nada había dicho el futuro desvanecedor para su partido en caso de una nueva alianza con el conservadurismo. Nadie en su partido lo escuchó, el tribunal ético cercionaba la falta de moral para pertenecer a este espacio y los más arraigados principios populares sirvieron para que los pocos radicales que levantaren las banderas socialistas de lo que había sido su partido, nuevamente sean precursores de una nueva argentina justicialista. El resto, es historia.

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